La noche revive en la dureza de la calle

Félix Kof

La forma que se ha dado la reapertura ha sido nuevo para los que estamos en la esquina caliente de Pio Nono y Santa Filomena. Entre miles de personas que buscan un lugar para desquitarse del encierro y restricciones horarias producto de los 18 meses de toque de queda, la vida nocturna ha revivido de manera intensa y sin remordimientos, pasando de largo en efervescencia uniendo la necesidad del goce con actos de insubordinación, incluso afectando a aquellos que buscan sin tanta intensidad.

Entre alcohol y drogas -solas o mezcladas- en medio del sonido intenso de los boliches, shows de transformistas, vendedores de chicles, cervezas y cigarros, los puestos de comida callejera, vehículos intentando estacionar haciendo sonar bocinas, las noches se acortan presionadas por tanto estímulo, experiencia que ha sido sorprendente pero también agotadora, tanto así que a pesar de haber pasado casi la mitad de mi vida en esta zona puedo decir que lo observado este mes supera mucha de las cosas que me toco presenciar en las décadas anteriores a marzo de 2020.

Hace algunas noches se acercó un personaje eterno de la parte gris del barrio. El gitano es un delincuente de sobre 50 años, de cara larga, morena y marcada de un rictus duro, de una delgadez de galgo viejo que de noche en noche transita por la vereda en un ir y volver, el mismo que se pierde por periodos que pueden ser años cumpliendo alguna condena, pero inevitablemente vuelve a las cuadras que circundan el local.

Es un sujeto que su expertiz es “carteriar” a los borrachos que salen de los locales del sector, aprovechando el estado de sus víctimas sustrae billeteras, celulares y cualquier cosa que pueda alcanzar. De tanto verlo pasar sé cuándo va detrás de alguna presa con su mirada fija, concentrado en el cuerpo del bochado en intemperancia que facilita su labor, pasa caminando frente a la entrada y con un gesto imperceptible saluda sin descuidar su faena.

Con este personaje, con el que he intercambiado algunas conversaciones no serán más de media docena de veces, tenemos un pacto que a los clientes que salen del local, no los marca, los deja pasar. En un acuerdo que implica que yo tampoco delataré sus fechorías.

Recuerdo la vez, hace muchos años, una escena que en mi imaginario lo catapultó al sitio del olimpo de los “choros” del barrio. En esa época a los pacos se les ocurrió que para mejorar el control de las “incivilidades” la mejor forma era a caballo. Sí, así como lo leen, una decena de funcionarios –iban en pareja- se paseaban por las calles del sector en un extraño espectáculo casi extravagante, servicio que permitió a la gente se acercara, cuando estaban detenidos, para sacarse fotos con los animales.

En una de esas jornadas un oficial le ordenó al gitano que saliera de la calle, todo esto sucedido a media cuadra del local por calle Santa Filomena. El hombre no le hizo caso y con un gesto desafiante siguió su camino en contra la dirección que le indicaban. De pronto el paco estira la rienda y el caballo relincha casi encima a lo que el amenazado responde sin intimidarse con un ademan de recoger una piedra acompañándolo con insultos: “qué te pasa paco…!!!”.

Ante el evidente desafío, el jinete tomó su fusta y comenzó a lanzar latigazos al hombre que se cubrió con el hombro, pero el castigo logró moverlo unos metros hacia la vereda y retrocediendo hasta la altura de la entrada donde estábamos observado la escena. En eso atinamos a reclamar al funcionario policial, varias personas que estaban en la vereda y desde la calle, el paco bajó la intensidad pero siempre con el caballo con la rienda tomada, el gitano volvió a defenderse buscando algún objeto del suelo. En ese momento el segundo jinete que se había mantenido atrás y a distancia también comenzó a presionar para que el insubordinado acatara la orden, acción que sí logró doblegarlo hasta la esquina para perderse por Pio Nono.

Esta historia la traigo para señalar qué tipo de sujeto es el gitano.

El domingo lo vi temprano pasearse en la misma actitud sigilosa de siempre, evitando las miradas, en búsqueda, y que en la circunstancia actual eran muchas las posibles presas que podría abordar. Me imaginé una escena de vida salvaje en que una manada de antílopes se acercan al río y alrededor esperan pacientes los depredadores para hacer la caza, ese depredador es el gitano.

Algo así es lo que se ha comenzado a vivir en las madrugadas, especialmente después de las 3 de la mañana, una laguna de agua en la que llegan las manadas de mamíferos a beber el líquido de la diversión vital mientras los depredadores esperan su oportunidad.

Se acercó y me saludó: “está cochina la noche… hay mucho pendejo haciendo lo mío sin ningún respeto ¿qué saben estos cabros culia´os? Cualquier weón en moto colgando a todo los que se mueven, y no es así la weá”.

Partió siguiendo a un borracho que se venía tambaleando desde el fondo de la calle, lo miró como quien avalúa un próximo plato en la cena ya servida, que aunque compleja y desordenada, donde la normalidad será muchas cosas menos lo que era antes de la locura del encierro pandémico, y pienso que por suerte, y de momento, la rumba al interior del Maestra Vida es lo más cercano a la normalidad que podemos encontrar en esa esquina caliente del barrio Bellavista.

Noche de octubre de 2021 esquina de Pío Nono y Santa Filomena a las 4 de la mañana

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