¿Cuántos se necesitan para armar una rumba?

Félix Kof

Una rumba para 30 afortunados, eso es lo que nos permite la autoridad reunir en el local. Con ese límite en mente surgió la pregunta ¿cuántos se necesita para armar una rumba?

El vacío de una pista de baile –y las dependencias que la circundan- en sí mismas se asoman como una barrera, un impedimento, incluso un desprecio para aquellos que buscan el boche y la jarana.

Un rumbero que escuchó sobre estas digresiones respondió con tono taxativo: “no es posible armar algo si nada te invita o motiva”.

El desafío para el equipo maestrístico era construir en un nuevo contexto desafortunado para la cultura del “apretuje” (distanciamiento físico, normas higiénicas estrictas y horario diurno), costumbre que con tanto empeño se había instalado en el ser del local, especialmente en los últimos 10 años. En el recuerdo de aquellas filas de media hora, o más, esperando poder ingresar al boliche cuando algunos se cansaban del calor y sudor rumbero, lo que se proponía en esta nueva realidad era francamente un desafío de resultado incierto.

Lo que manda ahora es lo dosificado y controlado, además de aséptico –concepto valido en sus dos acepciones, tanto como ausente de gérmenes y como adjetivo de sin emoción ni compromiso-, definitivamente valores que no tienen mucho que ver con nosotros.

La tarde de sábado 28 de agosto se informó que se recibirían a 30 rember@s, no más, y por tres horas, hasta el toque de queda que comenzaba a las 22 horas. La invitación era a bailar y disfrutar como si fuera una maratón de salsa.

A las 18:30 horas puntalmente de una tarde de primavera como de aquellas antiguas, ya habían cerca de 10 personas dispuestas a pagar un bono que le daría derecho a consumir libremente las bebidas que se les antojaran, en ese escenario la administración ni los trabajadores tenían noción de la forma en que iría mutando esa jornada, pero ese fin de semana esas serían las reglas además del cumplimiento de otras consideraciones sanitarias.    

El cálculo del aforo en época pandémica está dado por la siguiente operación aritmética: la suma total de metros cuadrados útiles del local, dividido por 6 metros por persona, da el número dorado de elegidos encargados de armar la fiesta, una rumba que para nosotros tiene muchos significados. Primero es la posibilidad de encontrarnos, hablar de frente –aunque con mascarillas-, saber las cosas de cada cual. Por otro volver a ver a aquellos que son los habitantes de este mundo, las y los rumberos fieles y reconocibles que han mantenido vivo este lugar.

Otro significado de esta etapa es sentirnos vivos. Es una cuestión tan elemental y obvia, pero que el encierro cuarentenil nos hizo dudar de la forma en que existimos.

Obviamente que es una posibilidad de subsistencia material, económica, esencial en los proyectos de vida de varias familias que de algún modo dependen del sustento que entrega el trabajo.

Y nuevamente volvemos a la pregunta que abre esta columna: ¿cuántos se necesita para armar una rumba?

Y no es que esos 30 excluyera la necesidad de tener otras personas, de hecho faltaron much@s. Además ver tanto espacio en la pista entre los que bailaron desde el primer tema que pinchó dj. Maringapresente fue emotivo, había mucha alegría en esos movimientos, y sí, pudimos comprobar que se puede construir una rumba con mínimos, tal vez solo se requieran dos personas –el núcleo atómico incluso podría ser uno(a), para disfrutar la música y las interacciones de cualquier lugar, incluso de espacio con vocación de multitud como Maestra Vida, esa tarde nos dimos cuenta y fue reconfortante.

La respuesta fue felizmente contestada ese primer día. Ese sábado caímos en la cuenta: una fiesta se sostiene con energía y disposición de pasarlo bien, de disfrutar lo que se tiene a mano, el resto son condiciones materiales que acompañan esas subjetividades.

Septiembre pasó como una propedéutica, el aprendizaje del nuevo tiempo, una postpandemia algunas veces ensayada en la imaginación y que un modo tan improbable hace un par de año, ahora es como la vivimos.

En estos días han informado que se pone fin al toque de queda, es decir podremos atender hasta las 4 o 5 de la mañana, pero se mantiene la restricción del aforo, restricción que nos limita a atender a esa treintena de afortunados, que vale la pena admitir, algunas veces hemos rebasado levemente ese número, pero siembre en el límite, y el disfrute siempre ha sido total.

Esperamos que la normalidad avance y que al fin podamos volver a reconquistar la noche como la conocimos por 30 años en Maestra Vida…

RUMBA, VERMUT y NOCHE!!!

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