ADALBERTO ÁLVAREZ, EL CABALLERO DEL SON (réquiem)

Patodelax

Cuando una estrella muere

involuciona su centro

hacia el agujero negro icognoscible que todo lo engulle

cual misterio estelar que nace de su deceso,

círculo completando la génesis,

energía transformada en presencia latente.

“Voy a pedir pa ti -por si acaso- lo mismo que tu pa mi.”

Cantaba el Karl Marx pleno, en uno de los videos más representativos de la escuela cubana, donde los profesionales de la cámara, edición, danza, instrumentos, iluminación, sonido, logística, catering y puesta en escena se lucen con un himno a la vida y a la libertad de crear, bailar y cantar.

Hace un par de años, casi, lo bailaba la Maestra en pleno, sin vislumbrar que la pesadilla caería sobre el planeta, nos aislaría y colocaría a prueba el temple de cada uno de nosotros, en solitario o mancomunados.

Esta semana reciente, por obra y gracia de un plan al que nos acostumbramos, como a todo lo que nos afecta, las puertas de la rumba se entreabren para bailar y gozar como se goza en La Habana, en una Cuba golpeada, negada y bloqueada, que está de luto por la partida del Caballero del Son, un músico impecable con su metrónomo y sus raíces, uno más que la guadaña del covid siega sin calibrar la calidad humana y la trascendencia de su legado.

Acá, en la tierra de la negación corrupta, de los empoderados y las facciosos, las personas sin poder aparente se alegran de la ventanita que un decreto nos permite abrir. No estoy contra leyes y normas, pues éstas deben mostrar de qué están echas y si no sirven, deben ser cambiadas por otras mejores y prácticas para el bien común.

Nada más señalo, que a pesar de las continuas agresiones, que los cubanos han soportado en carne propia por parte del imperio cruel y avasallador, y en una demostración de que el ser humano es capaz de crear belleza, un músico ha generado trabajo, ocupación y oportunidades sin denigrar, sojuzgar o esclavizar a ninguno de sus congéneres. Solamente porque el alma es un pajarillo que vuela al son de los sones y sus alas son el emblema de una danza que ningún decreto o imperio podrá abatir jamás. Nos a invitado a cantar y a bailar.

Nos volveremos a encontrar en nuestra caverna de las maravillas, nos saludaremos quienes hemos sobrevivido al encierro y el temor, escucharán las baldosas nuestros pasos sincopados, el éter nos traerá de vuelta la música que amamos, y la risa, divino tesoro que habita la alegría, nos llenará las pupilas con chispas y relámpagos.

Adalberto estaría feliz de que volvamos al terruño.

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