TE EXTRAÑO COMO AL BOLERO

Patodelax

Por supuesto que echamos de menos la música. Descubrir cada noche de rumba un rumbo diferente, aunque las sendas siempre nos llevasen al camino, porque cada vuelta y cada giro nos acercan a la esencia del humano, y a su salvaje búsqueda del placer y catarsis que lo unan a la pachachama de donde todos provenimos.

Se extraña saludar a tantos conocidos por descubrir, la calidez en la entrada, el giro suave hacia el bar donde reinaba el rey o la reina de turno con su juego de prestidigitadores de comandas y cuentas. El piso rojo oscuro pulido y encerado, la complacencia de la madera al apoyarte en el bar, las sonrisas y palmeos de cada uno de los trabajadores que facilitaban siempre cualquier deseo de abrevar o simplemente de saber, que tan buena había sido la semana.

La simpleza y calidez del guardarropía, las mesitas ordenadas prestas al desorden, la atalaya del dj con sus ojos vidriados atentos al pulso, la respiración, el humo y el sudor de la salsa desde el comienzo hasta el último tema. La punta con su arquitectura de palacio y burdel. Se extraña y con razón.

El colegio se llamó un tiempo la zona donde tantas expresiones nos contaron de quienes, anónimos algunos, miraban este lapso de vida como un collage de arte y sentimientos plasmados para llenar el corazón del que quisiera mirar y conectarse al quehacer de alguna creadora o creador. Espacio de los buenos para charlar y dictar cátedra, sentar bases de alguna nueva creencia o antigua barbarie, y donde el Charlie sin discusión, era el hijo de la directora.

Muchos extrañarán las descargas y conciertos que a cambio del espacio, agrupaciones, fusiones y proyectos varios de músicos, sonidistas o artistas visuales entregaban como si la vida fuese dar energía, para recibir multiplicada la fuente del amor tribal. Excelente intercambio, inmejorable lugar para ascender a lo metafísico que contiene un Son, una Cumbia, una Cueca o mil voces coreando sólo por corear.

Señoritas que añoran caballeros, bailarines que esperan callados una oportunidad para lucir su destreza, la humildad del primerizo que desea mejorar, la performance de quien baila sola pero acompañada de cuerpos y miradas, el roce de unos dedos, el beso robado en la esquina quieta, la espera insomne del naúfrago aferrado al madero de la música sincopada, las huellas grabadas en alguna noche parrandera, o el número escrito de prisa que podrá abrir o no ventanas con flores… Claro que se extraña, pues es y será parte de cada uno que haya cruzado esas puertas para entender que sin salsa no hay paraíso, como canta el Gran Combo.

Pero las fuerzas nos vienen cercando, cotidianas, invisibles, le robo una estrofa al cantautor, y ellas junto al azar nos pueblan de añoranza el corazón, de espera, de esperanza, de certidumbre. Todo aquel que haya rumbeado y dejado sus cuitas como ofrenda en el templo de Santa Filomena, tuvo su razón o motivo para conformar esta familia por el tiempo que le fue necesario. Cientos de historias nos juntaron y separaron, nos hicieron beber, bailar, llorar, gozar, amar, soltar y aprender.

No quiero ir mucho mas allá de la génesis, pero si puedo afirmar que al momento que la Salsa entró a nuestro país, éste se debatía en una guerra soterrada, cruenta y al parecer sin esperanza. “No hay mal que dure cien años…” reza el refrán y en consecuencia el pueblo simplemente luchó para soltar sus cadenas, sangró y mordió con rabia el abuso del tirano. Recibió balas, cárcel, extradición, negación de sus derechos y piras como respuesta. En ese entorno gris, amenazante, asfixiada la libertad de expresión, subyugadas las comunicaciones al discurso oficial, un grupo de retornados comenzó, sin saberlo, a construir el espacio que todos precisábamos con pequeñas fiestas donde al centro del movimiento emancipatorio funcionaba una tornamesa reproduciendo el trabajo de orquestas de Nueva York, Cali, La Habana, Puerto Rico. Caribe y fusión a fin de cuentas.

Luego, después de la lluvia de ritmos mensual, que nos limpiaba del estiércol dictatorial, como callampas al amparo del bosque, nacieron locales de salsa. Algunos cerraron, otros se mantuvieron por su estilo propio, nadie quedó indiferente al llamado de los tambores de Changó y la sensualidad de Yemayá, entonces comenzó el aprendizaje. Estilos de baile, formas olvidadas de cortejo, sacudirse el gris acero y pintarse la cara con sonrisas de ron y de colores fulgurantes. Respirar.

Aprendimos a vivir de la forma que hoy extrañamos. No es la primera vez que nos golpea una tragedia o alguna caricatura de gorila las hace de presidente. No es la primera mentira que escuchamos para tapar los errores cometidos por inopia mental, vendrán más e intentarán sostener el tinglado de la corrupción, al castillo de barajas de la fuerza, ya que la razón está muy lejos de ser escuchada. Y así como el gris del miedo, la médula asqueroza que sostiene la mentira y el abuso nos vuelve a golpear, la respuesta no tardará en llegar pues el refranero tiene razón “…ni tonto que lo soporte”.

Se cumple un año de nuestra añoranza y poco más de treinta que celebrábamos lo que pensamos sería nuestra liberación como pueblo para construir una nación, después de casi dos décadas de dictadura y otros tres años anteriores de esperanza. Las cifras y los años son relativas, pero la realidad dice que han sido treinta años de construir, entre dueños, colaboradores, empleados, músicos, artistas, y clientela un espacio de luz y de sabor. Es un legado de comunidad ejemplar, nada lo ha desbaratado, se ha suspendido como la mayoría de las actividades de expansión humana en tiempos de peste. Los nexos continúan, los lazos se estrechan ante el peligro, el amor y la amistad perduran y esperan nuevos tiempos, cielos más benignos.

Les extraño, es verdad, pero la fuerza creativa, la conexión con la nave Gea, la música y las palabras no han muerto, las leo cada semana, les veo en las pantallas, les escucho pues un aprendizaje que todos hemos tenido en Maestra Vida es escuchar al otro, sin discriminar sexo, creencias, posición o extracción social. Así como aprendimos a tener paciencia hasta que sonase el tema que esperábamos bailar. De la misma forma que la chica esperó que el leso que le gustaba, se avispase. Al igual que cada noche esperaban que el local se llenase. Eso también se extraña.

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s