Maestra Vida, un año suspendida la rumba

HCF

Jugos del cielo mojan la madrugada de la ciudad violenta”  Juan Gelman

Suponíamos que el verano de 2020 sería el tránsito perfecto para una mejor época. Entre jornadas de calor intensa, varias veces los termómetros marcaron más de 33 grados, la noche era una invitación perfecta para distraerse en la calle, en algún bar, y obviamente concluir la celebración en la rumba de Maestra Vida.

Ese periodo estaba marcado por la rebelión de octubre y en el horizonte asomaba, tenue pero esperanzador, un plebiscito convocado para abril que prometía colocar la primera piedra de una nueva narración que permitiría, por primera vez en la historia de este país, la participación y representación de todas y todos.

Unos meses antes el Sindicato de trabajadores había colgado un pendón en la esquina de Pio Nono que rezaba “Asamblea Constituyente, Ahora”, expresando lo que les parecía, debía ser el mecanismo para construir una salida a la crisis que vivíamos como sociedad.

En lo cotidiano, cada noche de la semana llegaba suficiente público al local, incluso se revertía el efecto económico del freno en la actividad nocturna por las medidas del gobierno para contener la rebelión y que habían afectado el área de ocio y turismo.

Pero los viernes, después de concentración en Plaza Dignidad, el barrio era otra cosa. Se transformaba en la trinchera entre manifestantes y funcionarios policiales, unos alentando la exigencia de cambios, los segundos representando el poder del estado que con represión, agua y gas pretendían acallar la fuerza de las demandas políticas.

Así las cosas, el fin de semana de la primera quincena de marzo de 2020 muchos suponían que con el itinerario marcado, y después de una masiva e histórica marcha y concentración del 8 que movilizó a más de un millón de mujeres, nada podía torcer el proceso.

Sin embargo, en el ambiente había una advertencia para aquellos que soñaban en voz alta, y una amenaza para los desobedientes, y sonaba como una relato sobre la enfermedad y la muerte, todos estaban atentos.

Se especuló ese fin de semana: por un resfrío fallece más gente; la enfermedad no puede ser tan contagiosa; o el 1% de fallecidos por la infección es soportable como país; otro señaló con seguridad “es una conspiración que pretende detener las ansías de avanza en las transformaciones, un instrumento político de los poderosos”; una clienta exclamó “la verdad está oculta entre los discursos”. Esas ideas  tenían en común  incredulidad e ignorancia, operando desde el desconocimiento la especulación campeaba.

La madrugada del 16 de marzo el turno de domingo se despidió por última vez en las condiciones de normalidad prepandémicas.

La despedida era para volver a encontrarse en la jornada del martes, o miércoles según correspondiera a cada cual. Era cerca de las 5, Ítalo entregó el estipendio y señaló: “prepárense, puede que la próxima semana cierren la ciudad”. Obviamente el tono era de incertidumbre, ya se conocía que el virus circulaba en los rincones de la ciudad, y en otros países generaba estragos con miles de infectados y cientos de muertos, por lo tanto parecía obvio que en algún momento decretarían restricciones, pensaron todos, por un breve periodo.

Desde esa última madrugada ha pasado un año completo, más de 365 días, con miles de horas y millones de experiencias suspendidas por el silencioso abismo del confinamiento y toque de queda.

En este tiempo Maestra Vida ha sido habitada por espectros. Las pistas vacías, la barra y las mesas se alimentan de historias que quedaron vibrando entre los muros de 30 años de existencia.

Cada jornada de vacío el local pierde energía, se van las almas y sus relatos, se rompen los círculos que atraían a los huérfanos y despreciados, a los buscadores de salvación o los simples voyeristas de la noche.  

A esta altura la realidad pasmosa de la pandemia nos tiene acorralados, a veces desesperados, otras recordando el ritmo de la música y el bullicio incesante de los habitantes de la rumba, esperando que al fin se decrete el término de la emergencia para volver a salvar al local y en ese acto encontrar la salvación de los mism@s rumber@s.

Existe la noción clara que la enfermedad trae dolor y muerte. Pero hay otro dolor y otra muerte que es tan feroz como la misma epidemia, la del silencio y el vacío, y muchos creen que el efecto del encierro será más hondo de lo que los optimistas señalan.

A un año de detenida la rumba, no queremos perder el rumbo

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