Réquiem para Venezia

Félix Kof

Estuvo ahí, en la esquina suroeste de Pio Nono y Antonia López de Bello, desde antes que nacieran muchos de los habitantes de esta ciudad –hace 65 años-, antes del tiempo de las relaciones virtuales, antes de las revoluciones y las pandemias.

Estuvo ahí desde que la zona de Bellavista era un barrio residencial, de calles adoquinadas donde las acequias la cruzaban y bajaban desde el cerro San Cristóbal, por eso la juguetona denominación, una imitación provinciana de los canales del norte de la península itálica, pero la nuestra enclavada al norte del río Mapocho.

Esta Venezia fue un punto cardinal, un retazo atemporal, un lugar de encuentro, que era regentada desde una cocina sencilla y tradicional, un boliche de comensales que se conocían y saludaban con ánimo de dueños de casa a quien se acercara a la barra, o para ocupar una de las mesas en alguno de los tres ambientes, donde los garzones, cual remeros hábiles se esmeraban en responder a las vistas con dedicación genuina y sagrada.

Orgullosa de su historia, entre sus paredes se negociaron acuerdos que involucraban el alma y la carne. Negocios sobre materias primas y tal vez actividades ilícitas pero necesarias, donde se concibieron ideas que se transformaron en éxitos soñados, así mismo se inspiraron poemas, cuentos, novelas, relatos, historia, anécdotas. Se descifraron enigmas hermenéuticos, se inventaron léxicos y se violaron todas las reglas del buen comportamiento.  

Era un lugar anclado en década pasadas, con vocación de “picada”, ambientado con cachivaches que parecían sostener las murallas de ladrillo y cal, con el lugar precisamente identificado donde se instalaba Neruda en sus tiempos de vecino ocasional del boliche, o donde la artista plástica Carmen Silva se reencontró con sus paisanos y compañeros después de la tortura y el exilio.

Con el mismo fervor que alimentaba los estómagos de huérfanos, los borrachos que transitan por las veredas se invitaban a comer un completo o un Barros Luco, entremedio de la etílica jornada bohemia del barrio que nunca duerme (hasta antes de marzo de 2020).

Justamente el mayor valor de este antro era la comida casera, sanguches y chorrillanas, acompañada de alcohol y palabras, que se fue consumiendo entre la noche que no perdona la inocencia, ni menos la candidez de los amantes que se preparan para la rumba, y después para el amor, todo entonado con un bolero que era interpretado por un dedicado maestro de ceremonia, o la radio romántica que soltaba hit tras hit para que cada cual no olvidara su lugar en la ruta de los afectos.

Era la previa de la fiesta, o era el final de la jornada, pero siempre había alguien en tránsito.

Era el almuerzo de dos lucas, o tal vez tres, o dicho de modo práctico, era el plato que cualquier paisano podía adquirir con la dignidad del alimento correctamente preparado.

En 1997, y de modo póstumo fue publicado “El Santiago que se fue: Apuntes de la memoria” del investigador del folklore  Oreste Plath, un resume de notas sobre lugares que ya en ese momento eran parte de una ciudad que crecía en denominaciones rebuscadas e instantáneas, pero perdía un patrimonio de identidades centenarias que le fueron dando el carácter a ciudad de Extremadura.

En aquel texto vernáculo del paisaje urbano, contaba con una entrada sobre nuestro Venezia. El autor citaba a Carlos González, padre del último González, quien bajó la cortina del restaurant en octubre del 2020. Una vez lo conversamos, con Andrés, sobre el honor de ser parte del almanaque de la memoria de Santiago, de lo que significaba aquella responsabilidad y el desafío de mantener el nombre.

Pero la mano oscura del destino que no perdona la memoria es despiadada, y oculta en circunstancias nefastas da muerte a los lugares.

Siempre quedarán las vivencias, que ni la peor pandemia podrá borrar.

Hasta que la muerte nos reúna.  

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