Salir de la cabaña y la normalidad de la pandemia

Por Félix Kof

No usaba el transporte público en Santiago hacía mucho tiempo, prácticamente desde marzo de este año. La bicicleta es habitualmente mí medio de movilidad, estoy de acuerdo con la idea de que es el medio de transporte del presente y el futuro para una ciudad como la nuestra.

Solo una vez subí a un microbús hace algunos meses, pudo ser en octubre, para realizar un trámite leguleyo en una ruta corta, de no más de 15 minutos.

Lo de la semana pasada fue un viaje mucho más lejano, al Conservador de Bienes Raíces de Puente Alto, con combinación micro-metro, casi una hora de traslado.

Todo se veía muy extraño, pero de algún modo parecía “normal”, es decir, mucha gente -todos usando mascarillas- pero si no fuera por la evidencia facial de ese accesorio nada haría suponer que estamos viviendo algo tan extraordinario: una pandemia de alcance planetario.

Parece evidente la tensión entre el cumplimiento de mediadas de cuidado sanitario y la capacidad de movilidad de las personas, estableciendo rutinas en la calle como si nada excepcional sucediera, a lo mucho el portar con una obligación normada: el uso de la mascarilla.

Esa “indiferencia” la sentí como una necesidad de las personas por sacrificar la integridad corporal por sobre la socialidad gregaria, una apuesta que tiene que ver con cumplir con un canon social, las relaciones humanas son más importantes que el discurso sobre el peligro o la prohibición.

Tampoco debemos perder de vista que estamos a en las últimas semanas del año, momento en que normalmente todos se está moviendo, comprando, preparando, diligenciando, cerrando y cumpliendo, y obviamente que si hay un espacio para realizar los trámites, la gente estaría en la calle.

La verdad es que si yo no hubiese tenido un compromiso por realizar este trámite presencial, simplemente no hubiera salido, y no sé si las miles de personas con las que me topé tendrán una razón indispensable por moverse desde sus lugares de habitación, pero hay un rasgo que se me ha ido marcando: aislamiento social.

Leí por ahí que algunos cientistas le llaman a aquel impulso “síndrome de la cabaña”, que definían como una manía por mantenerse confinado en tu lugar de habitación, cubriendo las necesidades básicas, que además en nuestra época de hiperconectividad se hace posible sin mayor problemas, incluso con ese invento del capitalismo tardío: delivery, que por arte y magia de la demanda, es capaz de trasladar hasta la puerta de tu habitación cualquier cosa, incluso algunas cosas que pudieran ser ilegales.

El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos señaló en una entrevista el año pasado que el capitalismo tiene la capacidad de transformar la precariedad del subcontrato laboral –esclavitud se le denominó en otra etapa de la historia- y glorificarlo como el acto heroico del emprendimiento. También usa para describir ese fenómeno como “línea abisal”, el punto en que se separa un menor porcentaje de humanidad –generalmente el primer mundo- del resto de sujetos que no alcanzamos a ser considerados como miembros de ese otro mundo, el de los dueños de los medios de producción. 

Y en todo caso sí, me di cuenta que sufro de una forma, atenuada en todo caso, que se podría denominar sin problemas como “Síndrome de la cabaña”: si tengo la alternativa entre salir o no, y de eso depende absolutamente mi voluntad, prefiero no moverme del lugar en que estoy habitando.

Esa mañana subí a un microbús que se fue llenado lentamente hasta llegar a la estación de metro. Cuando combiné con el tren subterráneo, los carros no iba especialmente repletos, de hecho pude elegir asiento en gran parte de la ruta, son 22 estaciones, así que podría decir que no fue mucho lo que conecté físicamente con los pasajeros.

De vuelta al centro la cosa cambió. Era cerca de las 2 de la tarde y desde la estación Plaza Puente Alto los vagones venían absolutamente llena, aunque no al extremo como las horas punta.

¿Contacto con otros cuerpos? Imposible que no fuera así.

Recordé otro debate sobre los cuerpos como territorios en disputa. Claro, es una aportación de la teoría feminista sobre la corporalidad, una dimensión que no es de quien dice le pertenece, sino que de muchos dispositivos que determinan muchas de las cosas habituales del habitante en la urbe, como caminar, utilizar transporte público, rutas atestadas de comercio, o el uso de un vehículo particular, por ejemplo, son todas alternativas seteadas y no respuestas necesariamente del libre albedrío. Se debe admitir que es una perspectiva compleja, pero tiene algunos puntos de sentido.

Te dicen: prevención “distancia física”.

Se discutió en los meses al principio de la crisis sanitaria sobre la corrección de la “distancia social”, y se llegó al acuerdo de que esto último no tenía sentido, pues lo social es una categoría cultural, incluso subjetiva, pero no es una medida “física” u “objetiva”. Nuestros predicamentos conceptuales reducidos a un debate epistemológico, cuando la autoridad nos informa de las cifras de enfermos y fallecidos, y señala como gran política pública el control de nuestros cuerpos y la distancia entre ellos.

Ahora mismo estamos divididos, aunque no tanto (75/25) sobre la seguridad y efectividad de la vacuna contra el COVID. Este debate es menos intenso que en otros lugares, y nuevamente se centra en la capacidad que tendrá el estado al momento de obligar o no sobre su uso.

Aquel día volví a la cabaña, me bañé y mentalmente hice el ejercicio de contar las veces que pude estar en contacto con el virus asesino. Creo que mejor me quedo quieto resignadamente a que las cosas sucedan.

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