La semana que comenzó a cambiar Chile: 18 de octubre de 2019

EQUIPO REVISTA MAESTRA VIDA

UNO. La semana del 18 de octubre de 2019 partió con el sonido de movilizaciones de estudiantes reclamando contra el alza del valor del pasaje del Metro. También reclamaban por la vida de sus padres, por la existencia agobiante de un país endeudado, por una sociedad que se hundía en el pantano de éxitos ajenos. En aquellas consignas se escuchaban el reclamo de millones de personas.

Esa semana en Maestra Vida se inició excepcionalmente el lunes 14 con una tocata de Mauricio Redolés, a beneficio de la campaña por la libertad del «Comandante Ramiro». Esa noche, muchos comentaron, incluido el artista, la valentía de aquellos chiquillos que nadaban directamente al sacrificio. Sus actos de desobediencia, creíamos, serían un dato que se sumirían a la bitácora de jornadas de movilizaciones de incontables ciclos de descontento, el aprendizaje de jóvenes luchadores sociales que cuando adultos intentarían empujar los sueños convertidos en reformas institucionales, transformados en un ejército de funcionarios que con la teoría adecuada explicarían la actitud «refractaria» de los olvidados y marginados de siempre.

Redolés con su banda aprovecharon de interpretar una canción que fue himno de los secundarios en la década de 1980, Química. En dos pasajes señala: «Me pegó en la cara, una bofe, bofe, bofetada, en descampado y en despoblada, sin haber razón, fuerza o ley que lo amparara» / «Yo prefiero el caos a esta realidad tan charcha».

Cuando terminó la canción, a muchos nos sonó contingente, un homenaje a los actos de protesta de la nueva generación de secundarios y estudiantes, bulliciosos, que se hacían escuchar con sus «evadir, no pagar, ¡¡¡otra forma de luchar!!!».

Aquellos días la élite respondió con una coordinada campaña de declaraciones, lanzando mensajes de menosprecio, como «cabros, esto no prendió», emitida el 16 de octubre por un tecnócrata exfuncionario de la Concertación; y amenazas del ministro de Interior, el que aseguró que aplicaría todas las leyes para castigar a los «inmaduros subversivos», precisando que serían los padres y apoderados los que pagarían por los daños en el mobiliario público. Los medios de comunicación fueron el megáfono que amplificaba todas las posibles consecuencias, amparados en las lógicas del «restablecimiento de la normalidad».

El Gobierno pensaba que todo se arreglaría con un circo. Los encuentros de APEC y COP25 serían los momentos de unidad chauvinista, donde cada ciudadano sentiría orgullo por pertenecer a tan destacada comunidad y, obviamente, apostaban por el olvido de cualquier demanda, si finalmente las medidas se amparaban en la técnica, donde muy poco podía decir la política.

DOS. Esa semana de Maestra Vida, además de la actividad política del lunes 14, contemplaba para el martes «Insultanes», miércoles «Liricistas» y jueves «Javiera La Caimana». Todas las tocatas cumplieron correctamente sus itinerarios, sin mayor sobresalto, aunque en cada noche fue comentario el avance, resistencia y constancia de los actos de protestas de los jóvenes que no cesaban en su empeño por lograr la rebaja de los $ 30 del ticket de Metro.

El viernes en la tarde se comenzó a reunir de modo absolutamente espontaneo cientos de personas en plaza Baquedano, en una constante caminata para completar varios miles. Ya a las 18 horas el tránsito por el sector se hacía difícil por la cantidad de personas que habían llegado, con banderas chiles, y mucha alegría.

Entre ese momento y las 21 horas, se produjo un copamiento de toda la avenida, desde Santa Rosa hasta Vicuña Mackenna, surgiendo así las primeras barricadas y acciones disruptivas que sumaban descontento y rabia contra el sistema.

Sonaban miles de cacerolas, la convocatoria, surgida en RR. SS., era en apoyo de las demandas de los estudiantes, y el sonido era envolvente.

En las calles llamaba la atención la ausencia de carabineros. Simplemente, no había presencia policial. Muchos suponían que en cualquier momento aparecerían las unidades de FF. EE. a reprimir la fiesta callejera.

La academia de baile de Maestra Vida, encabezada esa noche por Juan Pablo Meza, tenía contemplada una clase a las 21 horas que se realizó con tres alumnos que pudieron llegar. En ese momento, se informaban por distintas vías que muchas estaciones del Metro de Santiago habían sido saboteadas, y la red completa se cerró temprano en la tarde. Transantiago también había bajado el número de máquinas en circulación, lo que generó largas caminatas de trabajadores hacia la periferia, los barrios de residencia.

A algunos de los trabajadores del local les costó llegar. Cerca de las 23 horas, momento de apertura del boliche, se sentía un ambiente de expectación, algo estaba naciendo en nuestras narices y no nos dábamos cuenta, aunque era inevitable recordar a Bertolt Brecht cuando decía: «Las revoluciones se producen en los callejones sin salida», y esta revolución se estaba produciendo simultáneamente en varios pasajes sin salida. Las subjetividades de millones de personas estaban alcanzando el punto crítico, un instante en que lo único que queda es perder el miedo, porque todo el resto ya está embargado.

A la media noche habían entrado no más de 20 personas al local, todos amigos fieles de la rumba, de aquellos que no los detienen los obstáculos y no pierden una jornada por nada ni nadie.

La información circulaba como olas de especulación y ansiedad, hasta que pasado la medianoche se confirmaba que el Gobierno decretaba el estado de excepción constitucional, lo que implicaba en lo inmediato que las FF. AA. comenzaban a controlar las ciudades del país, además de un toque de queda que duraría hasta el 30 de octubre.

La protesta que dos semanas antes había comenzado como un reclamo puntual, se trasformaba con el pasar de las horas en una revuelta, y pisaba el horizonte de una revolución.

Esa madrugada, un piquete de carabineros ordenó el cierre del local. Vivíamos la historia, y no nos dábamos aún cuenta.

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