Chile era otro y cambió en octubre

Equipo Revista Maestra Vida

Chile era otro, y muchos creíamos que sería así por siempre hasta el final de los tiempos.

Chile era homogéneo, una identidad con diferencias propias de toda comunidad explicadas en la historia de nuestra existencia social.

Éramos mayoritariamente xenofóbico, racista y con destellos de profundo conservadurismo. Cuando alguna disciplina deportiva despuntaba salía por la piel un chauvinismo destemplado, y con una dosis de culpa éramos capaces de empatizar con la desgracia ajena por la vía de una campaña de solidaridad televisada.

Chile hasta el 18 de octubre del año 2019 era otro. Y desde aquella jornada algo sucedió. La verdad es que desde mucho antes algo estaba aconteciendo, y no nos dábamos cuenta, aunque para ser justo los que relatan este país, los medios de comunicación oficiales, se empeñaban en esconder, silenciar o farandulizar la realidad.

Chile antes de octubre era otro, y por suerte los estudiantes nos ayudaron a despertar. En esas semanas previas la “realpolitik” se esmeraba en apuntar que el desarrollo definitivo estaba a la vuelta de la esquina, probablemente a un par de gobiernos más, manteniendo la misma dirección y velocidad nos acercaríamos definitivamente al club del primer mundo. Imagínense, Chile en el G7, sentado con los grandes y no en la “mesa del pellejo”.

Cada político, académico, periodista, analista y comentarista del optimismo neoliberal repetía el mantra aquel: “estamos muy cerca de la cima, con sacrificio y disciplina seremos los mejores”.

Sin embargo el escenario cambió y el guión se desordenó.

Fueron 30 pesos de aumento en el valor del pasaje del metro, y nada volvió a ser igual. La gente tenía mucha rabia acumulada y avanzó como un huracán derribando los símbolos que hacían de Chile un país con aspecto de primer mundo. Sin embargo escondido en los barrios lejos de las luces, sus habitantes endeudados viviendo la precariedad, perseguidos por la incertidumbre de los meses sin fin, y los más marginados de todos, los que sobreviven en subempleos, subsidios o caridad, no aguantamos más “sacrificios y disciplina” pues nos dimos cuenta que todos estábamos unidos en la urgencia de cambiar ahora y profundamente, fundando un nuevo pacto.

No nos imaginamos que este proceso iniciado con sorpresa que inundó esperanzas tuviera una prueba de fuego desde marzo. La fortaleza del movimiento será medido cuando termine la crisis, cuando el discurso de las élites sea lograr la normalidad y pretenda adormecer las ansias por construir un nuevo Chile. En esa circunstancia, cuando al fin señalemos y recordemos a nuestros muertos (los de la rebelión y los de la pandemia), celebraremos a los que sobrevivan y el mejor homenaje será terminar lo que partimos en octubre.

A días de partir el invierno, con una lluvia bendita regando humedad sobre el territorio por tanto tiempo seco de dignidad, recordamos que hace ocho meses Chile Despertó, en buena hora.  

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