La fiesta de la peste o el futuro de una rumba maestrística

Félix kof

“¡Por esta razón, Peste, te alabamos! / No tememos a la noche de la tumba / ni tu llamada nos aturde. ¡Amigos, / apuremos las copas y bebamos / el aliento de jóvenes en flor, / aunque pueda estar lleno… de la Peste!” Alexander Pushkin

Charly llegó una tarde, siempre era activo en las horas posteriores al medio día, con una idea poética sobre el fin de nuestra época. No recuerdo si lo había encontrado en un libreto, o un texto de cuentos del padre de la literatura moderna rusa Alexander Pushkin. El libro hablaba de una fiesta de unos señores burgueses, gobernantes y del clero de una comarca de Europa oriental para homenajear a los que la peste se había llevado,  y a la vez esa grupo desafiaba el castigo divino con lo único que podían hacer en esa realidad: evadir. Era la expresión de un acto de rebeldía ante lo ingobernable de una pandemia.

Charly no alcanzó a estar lo suficiente para comprobar que exactamente un año después de su partida Chile viviría una revuelta que está descrita como la más grande y profunda en casi medio siglo de historia. Luego en marzo de 2020 otro evento, un cataclismo de alcance global, golpearía a Chile, y para sumar la revuelta de los marginados del país imperial del norte colocaría al racismo, nuevamente, en el radar de millones.

De pronto esa obra que podría haber hablado de una evasión cínica de las élites ante el inevitable fin, y que permitía reflexionar sobre el acto subversivo que en ciertos contextos se transformaba la fiesta, el alcohol y la inconciencia hedonista, se actualizó en un registro que nos colocaba en línea de la locura de la pandemia como normalidad, la distancia social como requisito de sobrevivencia, y la confusión como discurso del poder.

En aquel momento, pudo ser otoño de 2016, la narración de Pushkin parecía provocación pura. Señalábamos que la crisis era empujada por la acción humana, la destrucción y la contaminación del planeta sumado a la indolencia de los poderosos, y la inconciencia de las masas embrutecidas por la droga hípertextual del soporte binario, todo tenía sentido, y Maestra Vida sería el palacio desde el que esperaríamos la muerte bailando, riendo, emborrachándonos, recordando a los que se había llevado la muerte, todo sazonado de rumba y ron.

Seríamos, lo hablamos con lago de pretensión, una especie de fortaleza asediada por la indolencia e irresponsabilidad de los destructores del planeta, y nosotros en debates bizantinos sobre la trascendencia del género de los ángeles, en cada jornada defendíamos la ciudadela, mientras resistiríamos a quienes intentaban asaltar nuestro fortín del goce y el boche, esos enemigos exigían el silencio definitivo de Constantinopla.

Ahora todo aquellas divagaciones tienen un sonido lejano, éramos ignorantes de lo que se nos venía unos años después.

Nos han dicho que hoy ya estamos en otra época, otra realidad, otro horizonte en el que debemos aprehender al mundo, y donde los eslabones de la rumba y la fiesta están en una profunda crisis, pues lo que la hace posible es lo que está cuestionado: normalidad,  contacto corporal, y autoridad. Sobre esos elementos se sostiene de algún modo Maestra Vida. Necesitamos que la gente no tenga miedo y se pueda tocar, y que quienes tienen el poder de las leyes tengan claridad sobre qué, cómo y cuándo hacer la rumba.

Mientras esperamos el fin definitivo de esta era, nos comunicamos por “telerealidad”, sintiendo que estamos en la distopía tantas veces anunciada y retratada por la cultura pop, en la que no es posible el contacto físico, solo de por medio de un soporte de “realidad virtual”, un horizonte que exige asepsia extrema donde el sudor está excluido como si fuera corrosivo.

Pero en algún lugar resuena la fiesta de la peste, ese acto de resistencia en que la muerte no la provoca la enfermedad, la muerte es no poder tocarnos, no poder exclamar un secreto al oído, ni sincerar las intenciones en medio de la rumba.

Estamos dispuestos a reinventar muchas cosas, los protocolos, las formas y el aforo, por supuesto, pero lo que no podemos y queremos transar es en la esencia de la rumba: el contacto con otros, la música y el alcohol.

Porque si de eso dependiera nuestra fiesta, al final mejor sería convertir nuestra rumba en una rumba de la peste.

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