La esperanza es el antídoto contra el racismo

Equipo Revista Maestra Vida

El racismo es un fenómeno profundo y arraigado en América desde los albores la conquista y la colonización de parte de los europeos.

Hubo diferencias. En el norte del continente, se produjo una razia absoluta a las naciones nativas de parte del conquistador blanco, subyugación y aniquilamiento que inmediatamente colocó una barrera que impidió algo así como un mestizaje, instalando un esquema imaginario que dividió a la “civilización cristiana y occidental” de la” barbarie cultural y primitiva”.

El sur no estuvo mejor. El europeo aplicó la costumbre del secuestro, esclavitud y violación de las nativas, mientras la iglesia católica la justificaba y la perdonaba, permitiendo un incipiente proceso de mestizaje, pero que no evitó un genocidio de más de 80 millones de habitantes en esta parte del mundo.

Con la importación de la mano de obra esclava traída de África, se configuró una nueva realidad en muchos asentamientos y ciudades de la colonia, y en el que la ideología del señor cristiano y caucásico se instaló en la cúspide del orden social, en el que los siguientes peldaños lo ocupaba el mestizo, el advenedizo y el yanacona, y al final el indio y el negro, la base de esa pirámide de sufrimiento.

Ese orden fue norma por cuatro siglos, incluso en algunos lugares hasta entrado el siglo XX, pero el avance del ideal democrático reorientó la narrativa y en un acto de ilusionismo instaló el cuento de que todos éramos iguales ante la ley, olvidando advertir que unos eran más iguales que otros.

Los indígenas, los negros y los pobres del campo y la ciudad (la mayoría de la veces esas categorías se encierran en una misma persona) son parte de un segmento que sigue estando como último eslabón del orden social de los países de América, incluso de las naciones más poderosas, las del norte, dentro de sus fronteras esconden desigualdades que para algunos latinoamericanos parecen excesivas, por ejemplo los 50 millones de sin techo,  o “homeless” de EEUU.

Ser negr@ es en sí misma una condición que ha producido un intenso debate sobre su naturaleza social y política, y que los ubica como un grupo étnico que de distinto modo es discriminado en todos los países de América, obviando contadas excepciones, y que cada cierto tiempo vuelve a recordarnos que es un herida abierta y sin sanar, el tiempo solo genera una costra que se despega rápidamente y de la que brota sangre.

El asesinato del afroamericano George Floyd a manos de cuatro policías en Minnesota EEUU, ha despertado toda la atención del mundo sobre la violencia institucional, pero más significativo es entender y señalar los mecanismos del racismo que están detrás de su muerte, las acciones que provoca y los discursos que operan de modo explícito en las sociedades, pero también la ideas implícitas que se ven de modo más sutiles, incluso en los países del sur, donde el mestizaje fue una válvula de salida que permitió otro trato y reconocimiento de los afrodescendientes, y así y todo la violencia y el desprecio por la identidad negra e indígena es común en muchos lugares.

Queremos creer que estamos ante una inflexión, un cambio de época en el que en adelante, y una vez pasada la crisis sanitaria, nuestro país y el mundo avanzará en mejorar el trato entre las personas, y permita construir nuevas relaciones y discursos que nos integre en la gran raza humana.

Sabemos que esta expectativa suena a una ilusión creada en el encierro de la cuarentena, pues dirán que el mundo se ha movido en esta dirección –la segregación y la xenofobia y el racismo- por siglos ¿qué podría hacer distinto ahora? Y puede ser que ante el torbellino fascista inundando naciones enteras, esperar borrar los muros y fronteras es la más improbable de las utopías, pero tenemos fe en las generaciones que están en las calles, aquellos que han movido lo improbable al alcance de las manos de todos. Estas generaciones parecen estar llamadas a incendiar todo lo viejo y construir nuevos paradigmas donde por fin libertad, fraternidad y solidaridad sea el resultado de la acción pública de la civilización, y no una consigna pegada en un afiche.

En eso creemos.

Victoria Santa Cruz fue una destacada artista y creadora afroperuana que reivindicó con claridad su doble condición: negra y mujer. Su trabajo es tan señero que la instala a la altura de Violeta Parra o Totó la Momposina, pero con toda la identidad que muestra en este registro que compartimos y que adquiere especial actualidad en esta coyuntura.

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