PALABRAS CONTRA EL DESIERTO: LA PANDEMIA NEOLIBERAL

Por Samuel Navaja, profesor

“Sueño sobre la tierra. Sueño bajo la tierra. Sobre la tierra, cuerpos tendidos. Nada en todas partes. Desierto de la nada. Unos hombres llegan. Otros se van.” (Rubaiyyat – Omar Khayyam, Persia, Siglos XI-XII)

Hace unos cuantos días murió a causa del COVID-19 el gran contador de historias Luis Sepúlveda Calfucura, a los 70 años. Un amante como pocos de la tierra, de la justicia y los paraísos amenazados del ecosistema humano.

Como un incansable admirador de lxs “sabixs de la tribu”, su pensamiento y sus palabras revelan virtudes que escasean hoy en los grandes circuitos del mercado intelectual: “los libros no cambian el mundo, lo cambian los ciudadanos”, nos decía. Esa claridad nos puede dar herramientas para develar la profundidad y radicalidad del presente en crisis, para el cual no hay recetas ni dogmas, sino más bien la urgencia de develar los engaños para combatir las miserias de la civilización y la barbarie contemporáneas. Sus palabras tenían la habilidad de articular saberes diversos, desnaturalizar discursos vacíos y sacarnos de la pasividad a la cual nos tiene acostumbrada la autoayuda y el multiculturalismo.

Un par de semanas después de su muerte, el periodista Jonás Romero Sánchez tradujo la última charla pública que dio Luis Sepúlveda en Portugal, lugar donde se contagió y contrajo el Coronavirus, luego de lo cual estuvo casi dos meses confinado y en el más triste aislamiento, hasta su funeral al cual pudieron asistir solo tres de sus familiares. Como un acto poético y paradójico, en el último mensaje público que dio el escritor habló sobre la imaginación, la libertad y las fuerzas que la amenazan en la vida actual, preocupado por su vaciamiento como palabra que encarna como pocas una gran potencia emancipadora y una búsqueda radical por formas de vida alternativas e insumisas frente a la mezquindad y la hipocresía de quienes se llenan la boca hablando de libertad, mientras sistemáticamente niegan nuestra capacidad de luchar en su nombre o sentirla en las más sencillas y habituales alegrías de la vida (y no como un mandato publicitario: algo consumible, un incansable deseo, siempre exterior y material que finalmente, no alcanzamos ni experimentamos nunca).

En este presente en crisis en el cual el Coronavirus, lejos de ser el “golpe mortal” al capitalismo, como muchos se aventuraron a decir en un principio (con un exceso de triunfalismo), está relegitimando y actualizando los mecanismos de control y vigilancia sobre nuestros cuerpos y su circulación, conviene que develemos la farsa de aquella libertad usada para encubrir la alienación, que nos llama a la obediencia y al rendimiento sin sentido ni sentimiento alguno: vivir para el trabajo y sin descanso, para la libertad y el descanso de otros.

Esta misma preocupación es la que recoge en su última conferencia pública Luis Sepúlveda, para quien siempre las palabras tuvieron un valor intrínseco, quizás bajo la sospecha que tras ellas se esconde un misterioso poder. “Es agradable pensar que ya se inventaron todas las palabras para salvar el mundo (y que solo falta salvar el mundo). Por mientras, sigo pensando que faltan palabras, que es preciso inventarlas, tal como es urgente usar la imaginación para reinterpretarlas”. En estos tiempos de cuarentena y confinamiento, vale la pena más que nunca la invitación a detenernos y pensar: ¿Cuál es la libertad que queremos, aquella que salvará nuestro mundo (o nuestros mundos)?

Probablemente es la dialéctica entre la palabra y la acción, entre la escritura y la realidad la cual dio motor a su vida y fue por ello también motivo recurrente en sus reflexiones. Conocida es su frase “yo siempre escribía, pero cuando fue necesario coger el arma, la cogí”, como testimonio de la época en la cual vivió y se unió a la lucha armada latinoamericana, primero en defensa de la “vía chilena al socialismo”, como escolta de Allende, luego como parte de la guerrilla guevarista en Bolivia, y finalmente en solidaridad con las hazañas del Ejército Sandinista de Liberación Nacional.

Quizás la obra más enigmática del escritor fue “Un viejo que leía novelas de amor”, en la cual quiso plasmar las enseñanzas que en forma directa le entregaron los Shuar, pueblo indígena del amazonas ecuatoriano constantemente amenazado por las multinacionales y los colonos empecinados en destruir su territorio para alimentar su codicia y hacer negocios. “Los colonos se empeñaban en construir la obra maestra del hombre civilizado: el desierto”, escribió, como forma de denuncia frente a la deforestación indiscriminada que ya en esa época las empresas petroleras, forestales y ganaderas estaban haciendo sobre el bosque amazónico. Fue el horror de esta experiencia lo que lo convirtió en adelante en ecologista e incluso miembro de la Fundación Greenpeace desde que el exilio lo llevó a Europa en la década de los 80. Por ello también dicho libro, su obra más difundida a nivel mundial, se lo dedica al gran Chico Mendes, sindicalista seringueiro del caucho, asesinado por defender a su pueblo contra el extractivismo.

El vuelco en su comprensión de la amenaza ecológica mundial y la metáfora del avance del desierto como la obra maestra del progreso humano puede darnos algunas claves para radicalizar nuestro análisis de la crisis presente y sus peligros. Mucho se ha escrito sobre neoliberalismo ya, pero poco hemos atendido a su frenética capacidad para atentar contra la vida sobre la tierra, al punto de volver este mundo, con toda su belleza y su misterio, un lugar que pronto nos será inhabitable y desolador. Lo cierto es que el desierto, como realidad, se expande a toda velocidad, y su letalidad es mucho mayor y más dañina que cualquier virus. Basta salir a las afueras de las grandes ciudades, en la zona central de Chile, para darse cuenta de su triste escasez, y que la poca agua y vida que queda se la están robando las empresas agrícolas y mineras, en manos de los mismos de siempre. Esta urgencia le valió al escritor de metáforas para titular a una de sus últimas columnas de opinión: “El oasis seco”, un análisis que es lectura indispensable para entender el estallido social en Chile desde el 18 de octubre del 2019 en adelante, el cual demuestra cuan de cerca seguía los anhelos del pueblo chileno y que a su vez articula, como pocos han hecho, las múltiples indignaciones y rabias contenidas por décadas, tras una sangrienta dictadura (de la cual él fue víctima también) que dejó en manos de la codicia y el negocio a la educación, la salud, el agua y todos aquellos derechos que constituyen las bases esenciales para la dignidad de un pueblo.

Pero el desierto no solo hace referencia a la sequía material, o aquella más “palpable” y natural, es también “el desierto de lo real” (Matrix), al cual nos viene acostumbrando el habitar en la urbe neoliberal, los no-lugares y espacios de tránsito en los cuales nos convertimos en seres autómatas, programados y predecibles, e incapaces de afectarnos. Fue quizás una forma rabiosa y frenética de huir de esa monotonía la cual hizo a muchxs quemar el metro, saquear y destruir los símbolos del aburrimiento y el mercado tras el despertar de octubre.

A lo mejor, para frenar el avance del desierto requerimos articular nuestras contradicciones, y transformarlas en potencias que destruyan aquello que requerimos destruir, y restituyan la biodiversidad perdida, nuestra potencia vital y creadora, la capacidad de cuidarnos y recuperar nuestros territorios para nuestro propio placer, el placer de sentirnos vivxs y soberanxs de nuestras vidas: ante todo, hacer florecer nuestro desierto interior.

En estos tiempos donde se multiplica la ansiedad por aquello que pasará, tal vez el mejor ejemplo es el de aquellos que nos han enseñado a aferrarnos a nuestros placeres cotidianos, como lo puede ser un buen libro o bien “conversar con la persona que siempre va conmigo” (Antonio Machado), como quien se interna en la selva y no tiene más compañía que la que decida encontrarse. Quizás esté allí, nuestra auténtica oportunidad hacia el momento actual: reconocernos, revelar nuestros placeres y defender lo que es nuestro, nuestra capacidad para imaginar y crear otros presentes posibles.

Lxs maestrxs, lxs sabixs, no son aquellxs que nos obligan a hacer lo que disponen, sino aquellxs que nos hacen dudar de lo que nos dicen, quienes nos hacen alejarnos de sus verdades para acercarnos a las nuestras propias. Luis Sepúlveda Calfucurá fue quizás un sabio, narrador y heredero de aquello que los antiguos mapuches entendieron como el buen conocimiento y la manera virtuosa de ser, y es por ello que sus palabras quedarán abiertas.

Su último mensaje, de aquel último discurso, fue justamente una invitación a repensar nuestros horizontes de acción y volver a preguntarnos: “La misión que tenemos frente es gigantesca e implica una decisión muy importante: ¿Qué es lo que queremos? ¿Una sociedad de ciudadanos libres y soberanos o una sociedad de consumidores, sumisos y obedientes?”.

La lucha contra el desierto neoliberal es una batalla contra la muerte de nuestras posibilidades de vida y dignidad, es una lucha contra la muerte en vida y por la capacidad de maravillarnos con las efímeras simplezas de cada instante. Es una lucha hoy por hoy y más que nunca, contra la normalidad, para lo cual es necesario tal vez, recuperar “el poder de los sueños”: no traicionarlos ni rendirse ante ellos jamás. Es recordar aquella frase que una vez leímos cuando niñxs: “solo vuela el que se atreve a hacerlo”.

Imagen: lecho del río Petorca, abril de 2015

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