Julio, el rockero que no quiso la salsa

Por Félix Kof

Aquella noche de septiembre Julio me acompañó en la taquilla mientras pasaban los invitados a la celebración de aniversario del local. Me confesó que era de las pocas veces, en más de 20 años , que asistía a Maestra Vida a esa hora de la madrugada, y declaraba nuevamente su nula relación con la salsa, la bachata o la cumbia y su pasión por el rock, o mejor aún, todo el sonido rudo y estridente del metal. Era moreno, delgado, pelo negro y algo de canas, con una mandíbula marcada y una mirada viva.

Me contó que su existencia giraba en torno a Maestra Vida, espacio que cada día recorría con una disciplina y un conocimiento único. Sin equivocarme, creo que era la persona que conocía cada centímetro del local como encargado de la mantención (espacio que para muchos clientes es como un templo sagrado de diversión, compromiso y muchas veces evasión de la realidad a veces gris).

La noche dio para hablar de muchas cosas, por ejemplo de política.

Tenía un modo particular para referirse a la política y lo señalo, porque justamente desde que Charly Pérez y Manuel Bulnes, los fundadores, iniciaron la aventura de Maestra Vida, esa siempre fue una dimensión central en el devenir del boliche. Él se decía de izquierda, pero admitía que no lograba desentrañar las lógicas del poder, es decir de las grandes decisiones de la realidad nacional, aunque actuaba con el sentido común de distinguir entre aquellos que favorecen o no los intereses del pueblo.

Muchas veces lo escuché señalar de “comunista” cual fuera una especie de etiqueta general que en su voz no lograba sonar con mala intención, a todos los que mantenían posiciones de avanzada, reformistas o revolucionarias. No tenía una cultura política acabada de lo que significaba, por ejemplo, un Ricardo Lagos cuando en 2000 hubo segunda vuelta en contra Joaquín Lavín y que muchos trabajadores del boliche llamaron a apoyarlo ante la posibilidad de un gobierno más de derecha del que teníamos en ese momento. Para él simplemente era Lagos el presidente “comunista”, una especie de entelequia ambigua que representaba una orientación existencial que parecía más una religión que una definición partidista.

Pienso que esa manera de referir al mundo, con estructuras binarias, era parte de un modo de referenciar la realidad.

De la política pasamos a lo que para él era un tema de pasión, fe, dominio y militancia absoluta: el fútbol.

Nunca le pregunté de dónde venía su fanatismo por el club deportivo Colo-Colo, cuál fue el punto de inicio, y me arrepiento no tener ese dato en un relato de vida de alguien tan emblemático como Julio. Pero era definitivamente un hincha total. Supe de viajes fuera del país y que recorrió innumerables veces Chile para acompañar a su equipo,  y probablemente no se perdió encuentro alguno en el estadio en Pedreros, toda una ritualidad  que lo enorgullecía.

De esas dinámicas, tal vez la que permitía una mayor distensión con sus compañeros de Maestra Vida eran las “discusiones” que tenía con hinchas de otros equipos, especialmente de Universidad de Chile. Había algunos de la  Católica, pero con los chunchos la cosa era una división insalvable. Haciendo un recuento podríamos contar casi en partes iguales quienes adherían a uno y otro en el local. Cuando se jugaban los clásicos, cómo no recordarlo, muchas veces se hacían  apuestas, y se pagaban penitencias. Ítalo, Julio Muñoz  y Juanito taxista eran fervientes chunchos  y  con quien practicó especial gusto a la hora de realizar desafíos  fue con Alexis, quien fuera bartender y dj del boliche. El asunto era que había una taza con la insignia de la U que pertenecía a Alex. Un par de veces cuando el Colo Colo ganó algún clásico, al llegar al turno el bartender encontraba amarrada desde un tope de ventilación al accesorio con un cordel. Viceversa, cuando alguna vez ganó la U la respuesta era del mismo tenor con algún objeto del equipo contrario.

Todas estas jugarretas eran celebradas por todos nosotros y la verdad es que nunca pasaron de ser meras anécdotas

Julio fue un personaje entrañable. Recuerdo las cientos de tardes que me tocó participar en alguna reunión en Maestra Vida. Habitualmente almorzábamos en una mesa montada con el mismo mobiliario que en la noche servían para atender a los clientes, la que, a medida que la cantidad de comensales aumentaba, se hacía más larga. Iniciada la sobremesa, cual anfitrión en su casa, Julio ofrecía café de grano que preparaba con diligencia.

Muchos recordamos su hospitalidad, disposición, y generosidad. En los últimos periodos de vida había estado aquejado de un cáncer que avanzó sin piedad, pero que contuvo con mucha entereza.

Hace unos dos años, estando convaleciente de una operación al estómago, llegó al llamado de sus compañeros de trabajo a constituir el sindicato de Maestra Vida.  En esa oportunidad, varios lo vieron después de mucho tiempo. Se mantenía con una sonrisa siempre presente, como lo recordaremos.

Fue tan absoluta su prescindencia de la noche rumbera que después de esa jornada de septiembre hace más de 10 o 12 aniversarios, creo que acaso lo vi una o dos veces más en otra fiesta del local, lo suyo era Maestra Vida de día y rock.

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