Maestra Vida: sobrevivir a la falta de contacto

Por Félix Kof

En 30 años de existencia Maestra Vida ha sido una sobreviviente.

En un principio, en 1988, cuando nació el boliche de la rumba, ese esfuerzo se tradujo en sobrevivir al fin de la dictadura y al inicio de la democracia transada, tutelada y protegida, que a cada paso que se avanzaba los grupos de las élites reaccionaban defendiendo el legado infame de la tiranía, consolidando la gris transición.

La década de 1990 llegó acompañada de lo que para muchos significaron los años perdidos, una etapa de redundancia cultural e irresponsabilidad hedonista, de dar pasos en falso y tentativas de ciego antes de llegar al nuevo siglo. Fue el tiempo de la consolidación del sueño neoliberal, del acceso a la educación superior por la vía del endeudamiento y la compra de la diversión y viajes por el mundo pagados con plástico, todo encerrado en el mito del “jaguar” de América latina.

Con la celebración del nuevo siglo llegó una segunda oportunidad. Para MV fue su consagración como punto de encuentro y de debut de decenas de bandas de salsa, de la nueva cumbia chilena, la bachata y la timba de Miami, y fue el contexto de un impulso para alcanzar su madurez, por ejemplo, con históricas jornadas de tocatas de integrantes de “Seis del Solar”, como el timbalero Ralph Irizarry junto a la agrupación de los hermanos Alvear, o las visitas de Oscar Hernández o Jimmy Bosch, entre otros. También las tocatas de algunos de los Van Van como Samuel Formell o Roberto Carlos “Cucurucho” Rodríguez junto a la “Timba latina”. Notables fueron las visita de la banda Gonzalo Grau y Plural Boston, o la presentación de la vocalista de “Bamboleo” Haila María Mompié.

Además se multiplicaron iniciativas de extensión como los carnavales callejeros y la celebración del “Día Nacional de la Rumba” animada por “Manuel Ramírez”, Chico Trujillo o Banda Conmoción, y de plataformas como la radio y revista Maestra Vida. Fue un tiempo que forjó una identidad puertas afueras que de algún modo se proyecta hasta ahora, y que gracias a las redes sociales facilitó el contacto más estrecho con l@s rumber@s.

La Maestra Vida sobrevivió a la crisis económica de 2008 a puro billetes “Salvadores” y al terremoto más devastador de lo que va de siglo, con saldo para el local de una copa rota. También a una plaga de ratones que fue la consecuencia del derrumbe de locales del barrio, transformación que cambió definitivamente aquellas calles para ser reconocida como una zona de diversión multicultural, de alcohol combinado y cervezas de “litro a luca”, con miles de universitarios millennials buscando la evasión etílica.

Sobrevivió a la partida corporal de Charly Pérez, al impulso extraordinario de la inmigración latina, a la comida callejera multicultural y a la diversidad de colores y acentos del mundo.

Y sobrevivió a la rebelión de octubre y su proyección constituyente y la respaldó con toda la ilusión, asumiendo con  esfuerzo los costos que significaban para un espacio como Maestra Vida el recibir menos rumberos y el toque de queda de por medio.

LLegó marzo de 2020 y con él, la sombra de la hora más incierta de todo este recuento. La única circunstancia para la que nadie podría estar preparado, la amenaza cerniéndose como la suma de muchos miedos, colocando a prueba todo su bagaje resiliente. Temores que atacan lo esencial de la rumba: el contacto. No se podría entender una noche en Maestra Vida sin superar barreras mentales y prejuicios culturales y recién lograr el goce íntimo y placentero de estar en la pista estableciendo la comunicación mediada solamente por la música.

Asistimos a un cambio sustancial de la realidad tal cual la conocimos hasta febrero, incluso con todo el impacto del proceso político que significaba la rebelión de octubre, lo que estamos observando es de una mayor hondura. El filósofo Slavoj Žižek ha dicho que la crisis tiene dos posibles salidas: “O barbarie, o comunismo”. Nosotros sostenemos que esa dicotomía será “O soledad sin baile, o rumba eterna”.

En este instante la sobrevivencia de Maestra Vida depende de reencontrarnos. Esa siempre ha sido la fortaleza de este lugar único, el que con las distintas interacciones, el compromiso y la cultura de este espacio se proyecta también una utopía que no debe desvanecerse: Chile, una larga y angosta pista de baile donde tod@s tengan cabida… y en contacto.

NOTA: La imagen que acompaña esta crónica fue capturada el fin de semana del 14 de marzo de 2020, últimos días de funcionamiento antes del decreto de emergencia sanitaria.

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