Bolsonaro y el «baile de los que no sobran» en Santiago de Chile

Por Rejane Carolina Hoeveler, Brasil

El «frente fría», que llegó en las primeras horas del 21 de marzo de 2019, parecía marcar el fin del verano en el pequeño pueblo de Toltén, ubicado en la región de la Araucanía, al sur de Chile, a 96 km de la capital regional, Temuco. Recóndito rodeado por el agresivo agrobusiness del «desierto verde» en toda la región, la cual sufre con sucesivas quemas forestales y con las consecuencias del calentamiento global por el avance del Océano Pacífico. Toltén se mantiene lenta y bucólicamente lejos de las noticias internacionales.

  Por esa mañana, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, se embarcaba en dirección a la seca ciudad de Santiago para ser recibido por el actual presidente de la República de Chile, Sebastián Piñera. Mientras yo cruzaba la cordillera hacia Sao Paulo en un avión comercial de Latam, ese gigantesco grupo de capital brasileño-chileno, encabezado por Bolsonaro, hacía el trayecto opuesto en su aeronave militar, asesorado por su hijo Eduardo, por el ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, y por el general Augusto Heleno, del Gabinete de Seguridad Institucional. 

Estaba ansioso por firmar el documento de dos páginas titulado Declaración de Santiago, firmado, además de Chile y Brasil, por Argentina (Maurício Macri); Colombia (Iván Duque); Ecuador (Lenin Moreno); Paraguay (Mario Abdo Benítez) y Perú (Martín Vizcarra). Los presidentes de Uruguay, Bolivia y Surinam no comparecieron al encuentro, organizado para oficializar la creación de la Prosur (foro para el progreso de América del Sur). Venezuela no fue invitada. Como destacaran los noticieros internacionales, el ítem 5 de dicha declaración afirmaba como requisito para participar en el foro la «plena vigencia de la democracia» y la «promoción, protección, respeto y garantía de los derechos humanos».

No es necesario ser versado en ciencia política o relaciones internacionales para observar que tal artículo fue diseñado no solo para aislar a Venezuela, sino también para la autolegitimación de regímenes que cotidianamente restringen libertades democráticas e hieren los derechos humanos. Solo en un cuento de realismo fantástico es posible que figuras como Iván Duque, presidente de un Gobierno responsable o connivente con el asesinato de, en promedio, un líder social por día en Colombia, puedan fantasearse de heraldos de la democracia y de la protección a los derechos humanos. Esto sin mencionar la apología más o menos explícita de los actuales Gobiernos de Chile, Argentina y Brasil a las dictaduras militares de las décadas de 1960 y 1970. Tales eran las declaraciones de Bolsonaro sobre el tema, que el mismo Piñera tuvo que distanciarse de tal apología.

En el encuentro de presidentes se ha revelado un espectáculo grotesco de abrazos y apretones de manos —todos muy masculinos— de figuras políticas que remontan a sombríos tiempos de nuestro continente, que pensábamos haber dejado atrás. Este pequeño baile de la victoria de la derecha tenía contornos mórbidos: se celebraba el entierro de la Unasur. Importante esclarecimiento: no solo la muerte de ese organismo multilateral específico (creado en el contexto de los mandatos de Lula, Bachelet, Correa, Morales y Chávez), sino un exterminio previo de cualquier intento de unidad latinoamericana en el sistema mundial; de cualquier tipo de integración que pueda hacer frente a las presiones económicas y políticas que recaen sobre América Latina, especialmente de los Estados Unidos.

En la gran prensa brasileña tuvo repercusión el boicot del grupo de parlamentarios chilenos que se negó a ir al banquete ofrecido a Bolsonaro por Piñera. En la calle, manifestaciones antifascistas resistían con valentía a los Carabineros, pero tuvieron menor repercusión en los medios. La batalla virtual que siguió tuvo como actores, por un lado, a los muchos jóvenes y movimientos sociales que se arriesgaron para ejercer su derecho democrático de protesta; y por otro, rubias y retocadas consumidoras, junto a acomodados señores que, en un lujoso Mall de Santiago, disputaban espacio para sacarse una selfie con Bolsonaro (casi como un encuentro «neopinochetista»).

El significado de la reunión fue el anuncio de un «nuevo orden político» en América Latina, como repetían los reporteros que transmitieron frente al Palacio de La Moneda: «Conservador en las costumbres» y «liberal en la economía», pero que cínicamente se presentó como «libre de ideologías», y «abierto» —a pesar de excluir de manera apriorística a uno de los principales países del continente en varios aspectos—. Como declaró el canciller chileno, Roberto Ampuero, el nuevo foro multilateral, fundado sin sede ni secretariado, tendrá una estructura «ligera» (a diferencia de la «onerosa» Unasur), «sin burocracia y sin estructuras pesadas», inspirada en la estructura decisoria de la Alianza del Pacífico.

Esta «nueva» (vieja) derecha que llega al poder en América Latina para implementar un tipo de alineamiento con Estados Unidos —que amenaza con alcanzar un nivel históricamente inédito, redefiniendo líneas geoestratégicas trazadas hacía décadas—, construye una nueva narrativa en la que el triunfo sobre las «izquierdas bolivarianas», responsables de «dictaduras sanguinarias», «corrupción» y por todos los males del continente (amén), viene para quedarse —casi como un pretencioso Fin de la historia, a lo Fukuyama—.

….

En el aeropuerto de Guarulhos, en Sao Paulo, me doy cuenta del alboroto que vería por la televisión en detalles dignos de la Sociedad del Espectáculo, de Guy Debord: la detención del expresidente golpista, Michel Temer. Sus podridos fueron finalmente expuestos con reflectores a la misma nación que vio (en 2016) ser destituida a una presidenta que, curiosamente, sigue siendo de las pocas figuras políticas brasileñas relevantes sin ninguna acusación de corrupción. Mientras Bolsonaro era agasajado con un banquete de cumpleaños (estaba aquel día cumpliendo 64), el expresidente llegaba a una comida rápida en la sede de la Policía Federal.

Al mismo tiempo, el presidente de la Cámara de Diputados de Brasil, Rodrigo Maia, hacía un movimiento político defensivo, pareciendo querer recordar a los nuevos clanes gubernamentales que todavía existe un Congreso —el cual tiene que ser movilizado y debidamente comprado para la aprobación de las contrarreformas, como de costumbre en nuestro presidencialismo de coalición—. El candidato a dictador y sus «superministros» (Paulo Guedes y Sérgio Moro) respondían a ese movimiento con burlas, con la afirmación de que a partir de ahora una «nueva política» (sin política) impediría el tristemente famoso «reparto de cargos».

Los dos ministros, llamados «súper» por su presidente, tienen dificultades para enfrentar cuestionamientos básicos acerca de sus «superreformas». El razonamiento, aquí, debería ser inverso: los poderes extraordinarios con los que están revestidos sirven justamente para aplastar la resistencia, tanto del pueblo en la calle como de la vieja fisiología partidaria representada por el diputado Maia.

En ese mismo día, fue arrestado, también por orden del juez Marcelo Bretas, de Río de Janeiro, dentro del trascurso infinito de la operación «Lava-Jato», el exgobernador de Rio e importantísima figura en la política brasileña contemporánea, Moreira Franco. El bonapartismo judicial que catapulta y anuncia en tono de chantaje la creación de un nuevo régimen político en Brasil, tuvo el mismo tiempo en las telenoticias que las «fiestas antipatrias», el día 21. 

Y fueron pocos los que en la prensa se atrevieron a mencionar el hecho de que, entre las loas tejidas por la derecha brasileña en el encuentro de «alto nivel» en Santiago, estaban aquellas dirigidas al modelo chileno (privado) de pensiones —lo cual es reconocidamente la causa de uno de los mayores índices del mundo de suicidio entre los ancianos—. Al ser consultado, en una sesión en el Senado brasileño, sobre la posibilidad de tener en pocos años mendicidad de ancianos en Brasil, nuestro «Chicago Boy», con prácticas pinochetistas (Paulo Guedes), no decepcionó al tergiversar. En la neolengua tecnocrática-militar, son «daños colaterales» en lo que es una guerra social sedienta por clavar bandera en nuevos territorios.

¿Cómo llegará a Toltén la proclamada «nueva orden latinoamericana»? Tal vez absurdamente en forma de botellas de agua importada de Brasil. De la posible construcción de un puerto o de una hidroeléctrica. Quizá un nuevo asesoramiento militar en el llamado «conflicto mapuche». De todas maneras, un «progreso» desastroso para el tranquilo modo de vida del pueblo toltenino, pero un exitoso «modelo de subdesarrollo» para los despreciados «países bolivarianos».

*Sobre la Autora: Rejane Carolina Hoeveler
Historiadora. Master y doctorada en Historia Social en la Universidad Federal Fluminense (UFF). Activista feminista en Rio de Janeiro. Co-organizadora del libro A onda Conservadora: ensaios sobre os atuais tempos sombrios no Brasil (Rio de Janeiro, Mauad, 2016).

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